La estupidez humana cada día me sorprende más, mostrándome que la palabra “límite” no tiene sentido a la hora de hablar de ella. Ayer salí con unos amigos a un local para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Una vez dentro de la discoteca (por suerte entramos gratis), y tras ver el lleno absoluto que había (10 personas, de las cuales 8 éramos mis amigos y yo), nos sentamos en una zona con sillas- todas rotas, todo hay que decirlo- esperando a que llegara alguien más para ponernos a “bailar”. Y si, lo pongo entre comillas, porque a eso no se le puede llamar bailar. Si Petipa levantara la cabeza, probablemente volvería a enterrarla- yo le acompañaria, para no tener que escuchar la música que acompaña a tan salerosa danza. Cuando pienso que el futuro de nuestro país dependerá de aquéllos cuyo concepto de “diversión” es moverse al son de una música repetitiva, y digo música por darle un nombre, un ruido revientatímpanos, estridente, a un volumen desgarrador que hace palpitar las sienes de cualquiera, me dan ganas de echarme a llorar. Me pregunto cómo es posible que a alguien con dos dedos de frente le pueda gustar esa música. Ayer me di cuenta de que mi pregunta está mal planteada. En ella doy por hecho que los dos dedos de frente son así ==. Sin embargo he descubierto que, en este caso, vistos de perfil se ven así  — .