Oscuridad. Eso era lo único que recordaba. Una negrura tan impenetrable que había llegado a temer que jamás volvería a ver la luz del día. Y así fue. La sensación de haber perdido algo más aparte de la visión le torturaba en sueños. Allí donde antes había habido un corazón ahora sólo había un músculo ilegítimo que mantenía con vida un cuerpo cuyo dueño quería morir. No… Morir no es la palabra. Él murió con ella, en el instante en que sus ojos se cerraron, privándole de aquella luz que había sido su guía durante tanto tiempo. Él no quería morir, lo que quería era dejar de sufrir. Y cada latido era como un cuchillo de hielo ardiente clavándose dolorosamente en su alma marchita, recordándole que no volvería a admirar nunca sus ojos, su pelo, su sonrisa, sus mejillas, su nariz, su figura… Y sin embargo, no podía morir. No después de que sus últimas palabras fueran “Te amo, nunca lo olvides. Vive feliz. Vive por mí.”

Si tan sólo él hubiera sabido lo que pretendía… tal vez habría podido evitarlo. Entonces él estaría bajo tierra, y ella irradiando luz con su mirada y su sonrisa. Todo sería mejor para todos.

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Los médicos apenas le habían dado unos meses de vida tras diagnosticarle una grave deficiencia cardiaca. La única solución viable era el trasplante, pero su grupo sanguíneo no coincidía con ningún corazón disponible. Iba a morir, y lo había aceptado. Su mujer, no.

Por eso  encontró extraña la cena a la luz de las velas que ella le había preparado una noche en el propio hospital.

“¿Y esto?” preguntó, desconcertado.

“Porque te quiero” respondió ella, dedicándole una intensa mirada a través de la débil llama de las velas.

“Yo también te quiero. Con toda mi alma. En este mundo o en otro, vivo o muerto, siempre serás mi sol, mi luna y mis estrellas. La única razón por la que mi viejo corazón aún late es porque me despierto cada mañana a tu lado, y pienso que sólo por volver a amanecer junto a ti una vez más merece la pena vivir hasta el día siguiente.”

En ese momento, aunque él no se dio cuenta, una diminuta perla se deslizaba por la mejilla de su mujer.

A la semana siguiente, ella debía marcharse por cuestiones de trabajo, por lo que cuando los médicos le comunicaron que por fin habían hallado un donante, ella no estaba.

Prepararon un quirófano enseguida para proceder al trasplante, y mientras le trasladaban en una camilla, decidió que quería saber algún dato acerca de su salvador.

“Verá,” le dijeron “éste es un caso excepcional. La donante aún está viva. Nos lo pidió ella misma. Lo hemos permitido porque según su historial médico no le quedan más que semanas de vida. Tiene un tumor en el cerebro que la ha diezmado.”

Fue como si un martillo golpeara con fuerza sobrenatural su ya marchito corazón. ¿La donante? ¿Viva? Un horrible presentimiento tomó forma en su mente.

Y allí estaba ella, también en pijama de hospital, tumbada en una camilla a escasos metros de él. Su mujer.

“¿Por qué?” preguntó él, horrorizado.

“Porque por amor siempre se hacen grandes locuras. Y yo te amo. Nunca lo olvides. Vive feliz. Vive por mí.”

Y cerró los ojos, esos bellos ojos que le habían enamorado tiempo atrás. Y en ese momento, el alma de él murió. Ella había hecho el mayor sacrificio que alguien puede hacer por  aquél a quien ama: le había entregado su corazón, literalmente.

Y lo peor es que él solamente era capaz de cumplir la mitad de lo que ella le había pedido: vivir. No porque no quisiera ser feliz, sino porque, simple y llanamente, le era completamente imposible ser feliz sin ella.

Vivía, cierto, pero llevaba una existencia sin sentido. Pronto perdió la visión. Más tarde, el oído, y apenas si lograba hablar. Todos los días, sin excepción, visitaba a su mujer en el cementerio, a pesar de su ceguera, depositando sobre su marmórea lápida una rosa de las que él mismo producía en su pequeño jardín interior.

Hasta que un día frío de diciembre, él se sentó junto a su amada, esperando  a que el soplo gélido de la dulce Muerte se lo llevara para siempre y lo reuniera con ella. Esa noche, su corazón, el de su mujer, dejó por fin de latir. Se cumplían exactamente veinticinco años desde el trasplante.

Lo enterraron a su lado, tal y como él había estipulado en su testamento, y entre las dos tumbas creció un rosal que, según dicen, es el corazón que ambos compartieron…